• Mariana García Guschmer

El encuentro posible. Terapia de pareja.




Cuando se habla de pareja entramos en un ámbito pedregoso. Pareciera que es un tipo de vínculo especialmente sensible a la hora de producir cambios, asumir tiempos y distribuir espacios simbólicos.


La pareja es una elección y una construcción permanente en movimiento. Quizás sea esa la clave más interesante a la hora de reflexionar sobre este tándem en el que se para la sociedad capitalista moderna occidental.

Es una elección que se hace cada vez. Y esto tiene poco que ver con una definición rosa del amor; está vinculada más bien con la decisión que toma un sujeto hacia la otra persona que se transforma (o no) a lo largo de su vida. Cada sujeto es único, particular y diferente. Hará su camino, a su tiempo y con sus propias deliberaciones. Que el otro encaje esto, que lo tolere, y pueda desarrollarse en esa melodía ya es otra cuestión. La complejidad está servida en el momento en que sucede a dos personas que desean vincularse.


El encuentro es mucho más complejo de lo que parece a priori. Cada uno acude a la pareja con su propia historia, su subjetividad y creencias.

Para poder realmente hablar con el otro tenemos que entender que es distinto. Es de máxima importancia comprender que la diversidad suma, enriquece. Para poder hablar, es preciso dejar los prejuicios aparcados.

De ahí que sea una construcción permanente en movimiento. Todos los sujetos cambian a cada momento. Suceden cosas en la vida de las personas que harán que modifiquen el hacer, el decir. Y para poder relacionarse, es indispensable estar dispuestos a esa novedad.


No se puede poseer al otro. En el intercambio con los otros, con el mundo, está el enriquecimiento del yo y su transformación, su evolución. Y la de la pareja.

El atractivo no está tanto en la compatibilidad como en la complementariedad. Las dos medias naranjas no es el mantra sobre el que hay que avanzar. Cada miembro de la pareja debe construir un camino saludable, propio, pleno para poder acudir al encuentro a enriquecerse con aquellas cosas que no posee y brindar algo. Y en conjunto, construir un espacio común y más amplio.

Quien no permite esto, quien abrace eternamente, está anulando la posibilidad de diversidad, de ver otras cosas, de percibir otras maneras. No hay que confundir el abrazo amoroso con el abrazo eterno que entraña sentimientos hostiles.


La realidad muestra que no es posible detenerse. Suceden los días y las situaciones, ningún sujeto es igual que hace un año ni tampoco permanecerá como hoy dentro de cuatro días. La vida está en constante movimiento y por eso, debe de poder tolerar y adaptarse a lo que sucede en cada momento. Para que una pareja continúe en el tiempo, lo mejor es hablar. Intercambiar conocimientos, compartir momentos, interesarse por las aficiones del otro. Y permitir la vida individual y el desarrollo personal del otro.


Tratar igual a todas las personas no es lo que conviene. Quedarnos en un modo de pensar, nos impide avanzar.


El psicoanálisis nos invita a mirar cuestiones cotidianas de un modo nuevo.

Hay que atreverse a pensar de otra forma. La pareja puede transformarse en una cárcel o se un espacio de plenitud personal y sexual que impulse a sus miembros.



Si está atravesando una crisis, si cree que las cosas con su pareja pueden mejorar: busquen un momento de encuentro en una terapia psicoanalítica.




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