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  • Mariana García Guschmer

Nueva vida. 2021.

Concluyó un año para todo el mundo muy complejo, muy duro y muy movilizante.


Parecía que con el final de aquel calendario todo cambiaría, pero la realidad nos muestra que las transformaciones deben de ser a un nivel más profundo del que creemos, del que habitamos desde la consciencia.

Antes de la pandemia, nadie nos hubiera anticipado unas navidades como las que vivimos y tampoco lo hubiéramos creído. Sin embargo, es la realidad la que manda, la que dispone y sobre la que debemos trabajar. Si algo pudimos aprender es precisamente eso, que tenemos que habitar la realidad para no enfermar (psíquicamente primero y orgánicamente después). Es necesario aceptar, tolerar las cosas para trabajar en ellas, para poder hacer modificaciones, pero no se puede -no es saludable- pelear con la realidad.


Las estructuras que se veían seguras, estables, ante una catástrofe de las características de la pandemia de Covid-19 se desestabilizaron. Lo hicieron la sanidad, la economía, el empleo. Muchas personas que se consideraban estables emocionalmente vieron como de la noche a la mañana afloraban miedos, temores, fobias, depresiones. La pandemia, realmente exacerbó conflictos existentes, tapados por la velocidad de los días y por el frenesí de un sistema que nos aboca al consumo, a la individualidad y a lo fugaz.



En este nuevo orden planteado casi a la fuerza, donde no faltó el debate de si hay o no una intencionalidad detrás de toda esta desgracia, donde hubo partidarios y detractores de las más variopintas medidas, donde también nos encontramos súbitamente con expertos inexpertos, con sabelotodos y con científicos que no sabían, hemos tenido que aprender a hacer las cosas de una manera diferente.


Muchas personas se han visto en la tesitura de tener que pensar cómo estaba planteada su vida. La vida en piloto automático, sin cuestionamientos, sin atención. Dio tiempo a revisar la velocidad, la desprecio a determinados aspectos vitales como el diálogo, la convivencia, la colaboración y solidaridad con los otros. Sin intercambio, la convivencia es un fracaso.


Este tiempo que “paró” el tiempo, que generó la oportunidad o la “tortura” de estar en casa debe de haber servido para pensar cómo se hacen las cosas. Cómo se piensa la educación, cómo se piensa el trabajo, como se piensa el ocio, cómo se piensa al sujeto, cuán importantes son los otros en la vida, para construir esa vida, para transformar el camino.


El psicoanálisis da la clave esencial para entender las conductas de las personas: el inconsciente es aquello que sobredetermina nuestros actos, hay algo en cada uno de nosotros que desconocemos y, sin embargo, nos moviliza. El ser humano no tiene representación de la muerte y quizás sea ese el motivo de algunas conductas soberbias y poco solidarias que hacen disparar el crecimiento de contagios de Covid y que ponen en riesgo a la población.


Esta pandemia vino a explicitar -para quien este dispuesto a entenderlo- que solos podemos muy poco. Los recursos están para quienes deseen utilizarlos.

Hubo confinamientos, restricciones a la movilidad, paralización de clases y aforos limitados en infinidad de lugares. A pesar de eso, hubo más conexiones por internet que nunca en la historia y se fortalecieron, estrecharon y generaron propuestas fantásticas por estas vías. Es el deseo lo que nos muestra el camino. Es el deseo el que generará las herramientas para poder seguir adelante aún en una realidad adversa. Será el deseo (inconsciente), con la ayuda del trabajo (realidad), con pactos, con otros lo que nos lleve a conseguir aquello que anhelamos.

Se pueden utilizar muchos medios para construir lazos, tender puentes, estar, conversar, aprender y estar juntos. Lo demás son explicaciones, argumentos, aclaraciones y habrá que indagar en cada uno para entender dónde está aquello que le impide desplegar ese andar saludable. Porque también hay que decir una cosa importante: todos son caminos, todos son modos de resolver un conflicto. Es posible solucionarlo enfermando o pintando, haciéndonos echar del trabajo o emprendiendo un nuevo proyecto. La decisión reside en cada uno de nosotros.


Nos conviene estar en la realidad y no pelear con ella. Para ser capaces de hacerlo debemos de estar dispuestos a la adaptación, a la tolerancia, al cambio y a lo diferente. Es imposible ser rígidos en una realidad cambiante, porque así es la vida. Porque así es el ser humano.


Muchos sacamos provecho de este 2020: estudiamos, trabajamos, seguimos aprendiendo y emprendimos nuevos proyectos. Es imprescindible vincularnos con otros diferentes que nos permitan leer la realidad de otra manera.

La contracara de esto es la “explosión” de patologías en pandemia. Hay que ser honestos y entender que existían previamente. ¿Por qué cuesta tanto escucharse? ¿Por qué la gente prefiere tomar una pastilla y anestesiarse? Quizás exista una modificación de la pregunta que nos lleva a mejor puerto dado que el “por qué” se agota en si mismo. Me animo a reformular y pregunto “¿Para qué cuesta tanto escucharse? ¿Para qué la gente prefiere tomar una pastilla y anestesiarse? ¿Para quién?”


Ni la pastilla cura (sólo calma de manera momentánea y crea adicción) ni la vuelta al calendario hará que “mágicamente” los males desaparezcan. Se puede poner el malestar fuera y creer que también desde fuera vendrá la solución, pero así se pierde el tiempo.


Invito a aquel que lo desee -y esté dispuesto a escucharlo- a comenzar un año verdaderamente diferente, emprendiendo un camino de autotransformación en el que se puedan asumir las riendas de la propia vida evitando culpar a todo lo demás y responsabilizándose de las decisiones tomadas.

Este camino, complejo, requiere de un compromiso. Ese compromiso personal con uno mismo, el trabajo producido para ese cambio trae la satisfacción ilimitada del crecimiento.



¡Feliz año para todo aquel que desee vivir la vida!




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