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  • Mariana García Guschmer

Padre collage



Este viernes 19 de marzo se festeja, en España, el día del padre. Diremos que no hace falta un día especial para conmemorar este trabajo tan complejo y a la vez necesario, pero vale sí para recapacitar sobre algunas cuestiones, desmitificar otras y poner en valor otras más.


Cuando Sigmund Freud comenzó a estudiar el desarrollo sexual infantil, ese que todos atravesamos aunque algunos se escandalicen, le concedió a la función padre una responsabilidad clave en el proceso de producción del sujeto. El padre aparece para romper la célula narcísistica que forman madre-bebé. Ese niño que no puede nada solo y en cuya madre se apoya para conectarse con el mundo.


Los primeros tiempos de este cachorro humano están solventados por la madre nutricia que lo alimentará, le dará calor (porque incluso aún es incapaz de regular solo su temperatura corporal), lo dormirá y limpiará. Y, a medida que va creciendo, la inscripción del padre es determinante para que ese bebé “entre al mundo”. Ese tercero puntúa, viene a perturbar ese idilio que, de continuar, se volverá patológico.

Papá es el mundo, es la ley, es el “hasta aquí”. Y es absolutamente necesario: para la madre [i], para el niño y para sí mismo.


Para que ese padre exista, la madre tiene que permitir su presencia. Dijimos que ese cachorro no puede nada solo y todo es a través de la madre. Por lo tanto, conocerá al padre a través de ella, será su mirada (la de ella) puesta en otra cosa la que habilite y materialice la posición. Por el contrario, si ella se vuelve opaca, si no deja que esa figura participe, ese niño no tendrá padre. Es en los dichos de la madre en los que el padre aparece. Se comienza a complejizar la cuestión, pues.

Padre es ese hombre que engendró a ese hijo, si biológicamente. Pero en psicoanálisis es una posición, es una atribución. Es algo que comienza a construir, a través de la madre ese niño; es algo que ella no puede proveer. Son las palabras, es el deseo de ella por ese hombre lo que lo construye como padre. Decimos que es la ley, lo que interrumpe el idilio, ese espacio de placer (ese principio de placer en el que vive el niño hasta entonces, casi); y decimos que es una posición, es aquello que hace apartar la mirada de la madre de ese bebé y poner su mirada (su libido) en otra cosa, en otro objeto. Éste puede ser el padre, el trabajo, un hobbie, etc. Algo que haga apartar su atención, su amor objetal y lo ponga en otro lado. Rompe la simbiosis madre-hijo. Es este movimiento el que permite la entrada de la novedad en el niño, la entrada en el mundo. Empieza a ver otras cosas y a comprender que su madre, forma parte del mundo, pero no lo es.


Para que haya padre, la madre tiene que tolerar esta separación (tiene que tolerar la intromisión del padre), comprender que debe continuar su vida más allá de la de ese niño. Esto hace a la salud mental de cada uno de ellos.

El paradigma desde el que se para el psicoanálisis viene a decir que el padre (como la madre) es una posición que no está necesariamente vinculada ni con el género ni con quien nos dio la vida. No es preciso que exista un padre biológico para tener un padre, pero no siempre hay uno.


En el desarrollo sexual infantil del niño[ii], se va construyendo esa figura paterna casi sin fisuras producto del enamoramiento y de los movimientos de identificación y elección de objeto; la revolución que plantea el Complejo de Edipo invita a la oscilación entre el amor y la hostilidad hacia él padre. En estos movimientos será cuando se instale la Ley, cuando el complejo de Edipo ponga en funcionamiento “la máquina hominizante” y permita incorporar la Ley del padre.


Esa primera construcción de las figuras parentales no concluye, sino que sobre ellas se montarán otras, habrá otros sujetos que se sirvan de aquella impronta, que reediten aquellos amores/hostilidades y, a partir de los cuales, se construya, reconstruya, transforme a aquel padre. El Complejo de Edipo no es algo del pasado, no sucede (sólo) en la infancia, sino que se reedita cada vez, en cada suceso de la vida. En cada acto se juega la posición psíquica, la relación y reacción a las propias tendencias.

Pensar que esta construcción se continúa a lo largo de la vida, da la posibilidad de trocar la posición y eso (invariablemente) producirá modificaciones en el otro. Vislumbrar que el hombre que dio la vida no es más (ni menos) que un hombre, y que el padre es una posición psíquica, permite andar de una manera más liviana. Brinda la posibilidad de moverse de un sitio incómodo a otro más confortable, porque es posible cambiar una palabra por otra, porque de esta forma también se ofrece la alternativa al otro de ser de un modo diferente; pero, por sobre todas las cosas, entender que el sujeto es mortales e imperfecto, que es castrado, no puede todo, no puede solo.


Para concluir, reflexionar acerca de que padre es una posición psíquica da muchas claves y herramientas: comprender que muchas veces esa posición la formaliza el padre, otras la madre, y también el deseo de ella, de él y una serie de sujetos a los que se les atribuyen determinadas cualidades y potestades, enriquece la mirada. En definitiva, el padre es un collage que se queda en el sujeto, que lo acompaña eternamente, introyectado como Ley, como Superyo freudiano, como esa moral que dirá “como tu padre has de ser, pero como tu padre no serás”.


Tener padre implica estar en el mundo y entender que hay unos pactos, unas leyes a las que se está sometido por el mero hecho de ser sujetos psíquicos y sociales.


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[i] La separa del niño porque de alguna manera él la completa. Para el niño esa madre es madre fálica, totipotente, lo puede todo. Luego más tarde notará la diferencia de los órganos sexuales y entenderá que las niñas no tienen, se lo han quitado. Verán la falta. Lógicamente esto sucede en ambos sexos y la mujer vivirá esto como una gran falta -atribuible a la madre, que generará mucha hostilidad-. Esa falta, en algunos casos se “suple” con el hijo. [ii] El desarrollo sexual infantil es un proceso que detalla Sigmund Freud de manera pormenorizada y en extenso a lo largo de su obra. Contiene una riqueza y consideraciones que son de especial interés para entender la etiología de distintas patologías psíquicas.



La foto de portada es de Hannah Höch (1889-1978), artista plástica y fotógrafa alemana integrada en el movimiento Dadá que utilizó como modo de expresión el fotomontaje, siendo considerada pionera en esta técnica fotográfica


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