• Mariana García Guschmer

Psicoanalizarse, merece la pena.

Decía Sigmund Freud que todo el mundo debería de psicoanalizarse al menos una vez en la vida. Porque todos somos sujetos del inconsciente, todos estamos atravesados por el lenguaje. Todos somos donde no es.

Psicoanalizarse implica cuestionarse, romper (con aquellos) mandatos a los que estamos atados, incluso, sin darnos cuenta y que nos sobredeterminan.

Nacemos en una familia, en una ciudad, en un país; con una ideología política, religiosa; somos hinchas de un equipo de fútbol… tenemos unas creencias y seguimos nuestro camino cargando, muchas veces, unas etiquetas, respondiendo a unos roles, imitando unos patrones… y de pronto, nos preguntamos por qué nos suceden ciertas cosas. Pensamos en el destino, en que debe ser así, en que no somos tan buenos (o que lo somos), que no estamos en el lugar adecuado…¡hasta llegamos a enfermar!

Estoy convencida de que psicoanalizarse es un derecho. Debería de estar recogido como tal en los servicios públicos de salud. ¿Por qué digo esto? Porque nos da las herramientas para vivir la vida saludable que deseamos, construir el propio camino; permite que nos pensemos como sujetos, que revisemos aquello que nos daña, que reescribamos frases, palabras que han generado angustia y pesar. Es el camino del trabajo analítico el que nos habilita para liberarnos de la ideología que nos sobredetermina, para poder ser un poco desleales a algunas figuras que verdaderamente no nos son útiles ya en nuestra vida adulta.

Nos da la chance de pensarnos desde otro lugar.

No es un camino fácil, porque nos interpela.

Requiere el compromiso del paciente para hacer el trabajo, porque será el beneficiado realmente de la cuestión y porque sólo él tiene las respuestas.

El psicoanálisis viene a mostrarnos cuestiones que no estamos queriendo ver, a las que nos cuesta enfrentarnos pero que nos generan conflictos. Paradójicamente, enfrentarnos a ellas también nos provoca dificultades.

Aún siendo un recorrido muchas veces engorroso, nos permite ir descubriendo el verdadero viaje que deseamos hacer. Porque es en ese camino donde está el desarrollo, la transformación, no tanto en el punto de llegada.

Si pensamos en la actualidad, en el mundo de hoy, vemos que muchas cosas tienen que solucionarse rápido, aquí y ahora. Todo parece que debiera definirse apresuradamente, sin tiempo de pensar.

¿Acaso es eso posible? No hay recetas mágicas, ni soluciones milagrosas. Somos sujetos singulares, únicos, dispares. Hay asuntos que merecen la pena ser tratados en esa peculiaridad. De nada valen las pastillas, ni las premisas. Tampoco las buenas palabras, porque la solución no es acallar el síntoma. Ese mecanismo inconsciente que nos comanda, esa pulsión cuyo fin último es expresarse, lo hará de cualquier manera, lo estará intentando siempre, porque ese es su trabajo. Si sólo nos dedicamos a tratar el síntoma (el efecto) y no su origen (causa), éste reaparecerá con otro aspecto. El síntoma es la punta del iceberg de aquello que sucede internamente. Por eso no tiene efecto duradero ni sentido tratar sólo el síntoma.

La labor del psicoanálisis está enfocada a domesticar esas pulsiones, a dirigirlas hacia espacios más saludables, a sublimar, a construir con palabras discursos más provechosos. A desarticular aquellas frases y afirmaciones que nos generan displacer y generar una nueva cadena de significantes con la que poder construir la vida que deseemos y florecer.

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