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  • Mariana García Guschmer

Una gran madre es imperfecta



El ser humano nace en una familia, todo sujeto ha nacimos en una, da igual su conformación, sus miembros, su localización. En ella aprende las primeras cosas, a través de sus ojos descubre el mundo y da algunas cosas por naturales. Se empapa de su ideología, de manera inconsciente.


La familia es la primera estructura social en la que el sujeto se vincula con otros y, por tanto, se va humanizando, entrando en la cultura. Así se transforma en sujeto social y psíquico. Sin embargo, es importante que ese nuevo ser salga al mundo, se vincule con otras personas, aprenda que hay modos de hacer diferentes… en definitiva, que hay una estructura más grande donde se encuentra inmerso. Porque la madre, la familia, están en el mundo, pero el mundo y sus múltiples formas no están en la familia.


Cuando ese cachorro humano llega a este mundo, necesita de la ayuda salir adelante. Sin alguien que nos auxilie moriríamos. Quien generalmente ejerce esa función es la madre (puede no serlo). Para el psicoanálisis se trata de una función: la función madre es cualquier objeto, persona o cosa que cumpla con los requisitos funcionales del recién nacido. Este es el camino novedoso que abre el psicoanálisis porque posiciona a la madre de una manera distinta.


Maternidad o Ser madre

La maternidad está vinculada con la especie, es una cuestión biológica. La maternidad tiene como fin la reproducción, porque el ser humano es mortal, se reproduce sexualmente porque muere; es el modo en que haya supervivencia de la especie.

La especie es inmortal.


La ley que rige la familia en la especie humana es que una madre, una familia debe tener hijos para entregárselos al mundo, no para quedárselos. Los hijos no son de nadie, pertenecen a la especie.


En cambio, el SER MADRE es una posición psíquica. Y esto dependerá de la historia de esa mujer y de las transformaciones que se permita. Dependerá de ella y de cómo se posicione en ese lugar. Estará vinculado más con ella que con el acto mismo de parir.


El ser madre, entonces, es una construcción. Es posible ir haciendo, transformando esa sobredeterminación inconsciente que comanda al sujeto. Con psicoanálisis, es posible realizar esa transformación, ese descubrimiento; hacer cosas diferentes de las que se entendían como de una “única manera”. A veces, es necesario ser un poco desleales para andar el propio camino. De otra manera, las contradicciones que surgen ponen en jaque nuestro psiquismo.


Pensar esta cuestión desde el psicoanálisis es interesante por una parte, por la mujer que se “embarca” en esa aventura; y por el nuevo ser que llega al mundo.

Será significativo porque ese nuevo ser humano que llega al mundo se va a desarrollar bajo la impronta de esa madre. Las palabras son importantes, los gestos, el deseo de esa madre. Lo que ella haga y cómo haga con su vida.

Para que la madre pueda ser madre, tiene que comprender que es imperfecta. Que es humana, mortal, sexuada. Que tiene deseos, otros deseos que trascienden al hijo. Que no es el hijo lo que la completa… Tiene que poder ver que sola no puede, que necesita de otros, que necesita del padre.




Célula narcisística y entrada del tercero.

Al principio madre y bebé son uno: el niño nace indefenso, prematuro a la vida. Requiere alguien que se ocupe de él. Freud plantea que el recién nacido tiene unas necesidades fisiológicas que deben ser atendidas y cada vez que el niño reclama, es la madre la que atiende esa necesidad. Su madre es capaz de calmar cualquier necesidad, sin ella su vida sería imposible. El niño le otorga un poder. Hace una atribución. Con ella se completa… Ella es una madre completa: la madre fálica.


Este idilio marcará a ambos. El niño para la madre es una prolongación de su cuerpo. Y ella para él es su espejo, donde se refleja. En esta etapa, el niño es la imagen de la madre.

La entrada del tercero resulta inaugural. Inaugural porque de uno (la célula narcisística) pasan a ser tres. Es la aparición de un tercero que interrumpe desde fuera siempre y cuando la madre deje que eso pase.

El tercero es todo aquello que desvía la atención de la madre hacia el hijo. Es el deseo de la madre por algo distinto al niño.


El padre, padre necesario, va a interrumpir ese idilio. Para que existan dos tiene que haber tres: el tercero viene a diferenciar al niño de la madre. Ser padre también es una función.

Y como tal, va a hacer dos cosas: enseñarle al niño que hay más mundo fuera de mamá, va a mostrarle el mundo; y va a imponer la Ley del Padre. La ley del padre es aquella que pone los límites: con mamá no se puede, no se puede todo.


Para el niño, el padre será un rival (luego será objeto de amor) que entra en acción porque la madre lo nombra. De ahí lo importante de la imperfección, de ahí lo necesario de la falla de la madre…

El padre es casi un acto de fe porque es creer la palabra de la madre. De ahí que sea tan importante la madre en la construcción del padre para el niño. Cómo ella se dirige a él, el amor con el que lo mira, sus palabras, sus gestos…

Existen madres opacas que no dejarán que el padre entre en escena. Y madres transparentes: mujeres que valoran y respetan la figura paterna, que entienden que ese rol es necesario y complementario con el suyo.


Una gran madre es imperfecta porque entiende que no lo puede todo, no llega a todo, no puede hacer todo. Necesita de los otros para educar y también necesita de los otros para seguir siendo otras cosas además de madre. Es mujer, es trabajadora, es pareja, es amiga, hija…. Cuando la mujer desea otras cosas además de ese hijo, esta construyendo una vida rica, diversa, múltiple. En la que su hijo se encuentra inmerso, pero no es lo único importante. Y lo más relevante: le está enseñando a desear. De una manera inconsciente le esta trasmitiendo deseos; porque deseamos deseos.

Y eso, es contagioso.



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