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  • Mariana García Guschmer

Hay que descreer de las recetas mágicas. Para transformarnos, es necesario ponernos en juego.

Actualizado: feb 10












Cada persona es diferente, aunque enfrente a lo largo de la vida cuestiones similares. Ante un acontecimiento se pueden encontrar modos diversos de abordarlo: para algunos será un suceso sin importancia mientras que, para otros, puede desatar un maremoto de emociones, reacciones físicas y psíquicas inexplicables.


Cada persona es diferente ante circunstancias sociales “esperables”. Frente a la maternidad/paternidad los sujetos se comportan de modos diversos; frente a los hijos cada madre y cada padre es único. A la hora de encarar el proceso de pérdida de los propios padres, acontecen reacciones múltiples. Con la partida de los hijos del hogar, nuevos y heterogéneos mundos quedan descubiertos.


Cada persona debe ser diferente en los variados ámbitos en los que se desenvuelve. Existe un un modo de ser/estar con los maestros, con los alumnos, con el dependiente de la tienda a la que vamos a comprar y con el/la amante. Todas las personas tienen maestros, amantes, dependientes con los que se relacionan. Pero cada quien lo hace a su propia manera. Es diferente hablar con el jefe que con un compañero de trabajo, con el médico o con el vecino.


La personalidad de cada sujeto debe ser plástica, flexible, acorde a cada encuentro. Porque como sujetos somos múltiples, tenemos tonalidades, matices, contradicciones. Porque la necedad es mala consejera y encierra al sujeto sobre sí mismo negando intercambiar saberes con otros, lo que permitirá ser más “interesantes”, nutrirá de nuevas pasiones.



En esta pequeña descripción se da cuenta de que cada ser humano es singular, único, misterioso; el inconsciente de cada sujeto es absolutamente particular. Por eso el tratamiento terapéutico ha de ser específico; por eso, confiar en recetas mágicas será infructuoso.





Desde el psicoanálisis es posible abordar esta singularidad puesto que el método de asociación libre se basa precisamente en el discurso del paciente. En tanto sujetos del lenguaje, atravesamos unas etapas comunes en nuestro desarrollo siempre marcada por la peculiaridad de cada uno, la subjetividad de cada historia.

Freud dirá que la manera de tramitar aquello que le acontece en la etapa adulta al sujeto está sobredeterminado por nuestro inconsciente, está en relación con las palabras, vivencias, creencias, silencios -incluso- que fueron forjando a ese ser, absolutamente único, por original. Como hemos dicho, todo esto tendrá incidencia en el modo de posicionarse en su desarrollo como ser humano, en su entrada a la realidad social y en el modo de desenvolverse en la edad adulta.


Somos sujetos psíquicos y sociales, necesitamos de los otros para vivir y la negación de esa verdad irrefutable hará que enfermemos.


En el tratamiento se habrá de indagar en la realidad psíquica de cada sujeto, en lo que perciba como doloroso, complejo y difícil de resolver (por positivo o por negativo; hay situaciones muy felices que son complicadas de manejar para algunas personas). Siempre a partir de lo que el paciente quiera hablar, de lo que quiera decir, sin importar la relevancia aparente o la relación con el “problema” que ésta tenga.

La escucha es el trabajo fundamental y diferencial en psicoanálisis, porque el inconsciente hará su aparición en el momento más “inesperado”. En una danza magnífica, escucha analítica y discurso del paciente irán construyendo esa historia de deseos: la clave que permita la transformación y autoconocimiento del sujeto.


El trabajo de construcción requiere ir dotando de palabras, indagando qué es lo que duele, donde está el origen de (por ejemplo) esa fobia, de esa angustia “inexplicable”; entender cómo el entramado se ha tejido, a quién sirve, para quién funciona. A la vez, cambiando esas frases dolorosas, construir un nuevo listado de palabras propias, un nuevo universo saludable. Será posible agregar nuevas nociones, abrir nuevas puertas y desatar nudos, abrir esas cadenas de significantes que paralizan sin que entendamos bien como.



Cada uno tiene sus autolimitaciones, su propia subjetividad y circunstancia. Desde el psicoanálisis entendemos al sujeto como un todo funcional donde cuerpo y mente no están disociados. Estamos convencidos de la efectividad del tratamiento por la palabra, un trabajo interesante, con un tiempo diferente (el tiempo del inconsciente) -y no obstante arduo-. Con compromiso y deseo de modificación, se puede llegar al origen del problema y variar la manera de gestionar los inconvenientes que acontezcan.



Existen otras maneras de abordar la enfermedad (tanto psíquica como física) que se enfocan únicamente en solucionar/eliminar los síntomas, que sí son iguales en muchas personas.

Sin embargo, para que esos síntomas desaparezcan, es mejor ir hasta el fondo del asunto. Cada sujeto es único, y no hay recetas mágicas. Por eso para transformarnos, es necesario ponernos en juego, hacer un trabajo. Y, como todo trabajo, tiene una maravillosa recompensa: la posibilidad de construir un camino propio y vivir de una manera mucho más saludable.



Si deseas comenzar tu proceso analítico, construir tu espacio de crecimiento, ponte en contacto conmigo.






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